El río es el artífice de esta Ribeira, el padre de las peculiaridades paisajísticas de la zona, el elemento natural que le da coherencia y articulación.
Ha cambiado mucho el aspecto de los ríos en la Ribeira desde que comenzó la instalación de las centrales hidroeléctricas en 1953, con la construcción de las presas de Peares en el Miño, Santo Estevo en el Sil y después Belesar en el Miño (1963), con grandes diques (129, 94, 32 y 115 m respectivamente) de hormigón que retienen ingentes volúmenes de agua, inundando parte de la ribera y modificando las condiciones de vida, lo que llevó a un declive de la cultura ribeirá, todo esto espoleado por una fuerte corriente migratoria.
Hasta la construcción de las presas había pervivido un modo de vida plenamente ribeirán, materializado en gentes, lugares, usos y costumbres. Nombres como Porcís, Barciela, Portotide, Belesar, Sernande, A Veiga, Pincelo, Castro Candad, Porto, Samueira, Mourulle, Riobó, Hermida, Abelaira do Río, Abeleira, Seixón, Ferreiroá, Portomarín y Loio, formaban una red de lugares integrados de lleno en la vida del río. Hoy muestran sus esqueletos estructurales, derribados y renegridos, cuando bajan las aguas de las presas.
Salmón, lamprea, trucha y anguila fueron las especies más consideradas en la importante actividad pesquera que se mantenía desde la Edad Media, tal como atestigua la proliferación de pesquerías y canales, así como la referencia documental de contratos forales de estas construcciones fluviales y de su rentabilidad. En los lugares había familias especializadas en la pesca, aunque todos utilizaban este recurso.
Especial dinamismo tenían los lugares de paso, por su importancia como puntos de comunicación. Portomarín, Belesar y los Peares gozaron del privilegio de contar con puentes desde la Edad Media y eso los convirtió en nombres de referencia viaria; en un segundo nivel estaban los embarcaderos, que cubrían una abundante red viaria; barcas y barqueros eran elementos característicos de ciertos lugares que comunicaban distintas parroquias y servían para activar el comercio comarcal y ferias. Las barcas de paso estaban equipadas para el transporte de personas, animales y carga de distinto tipo. Las dimensiones de las barcazas, de planta rectangular y fondo semicurvo, en las que no se distinguen popa y proa, fluctuaban entre los 5 y 8 m de largo por 2 y 2'5 de ancho (se tiene constancia de tamaños mayores), pero especialmente adaptadas para abordar la orilla y permitir la carga en zonas de calma y navegación transversal. Barcas de paso como la de Pincelo, Porto, Sernande, Chouzán, Pombeiro, S. Estevo o Portabrosmos son referencia obligada de la comunicación de la ribera.